Cien kilómetros donde se forja la leyenda
El Encuentro Nacional de Kayakistas de Travesía, organizado por el Centro de Actividades Náuticas de Dolores (CADEI) y liderado por Alfredo Barragán, no es una simple salida náutica. Es una prueba de carácter, una experiencia que exige respeto por el agua y compromiso con el grupo, y que año tras año se consolida como una de las travesías más emblemáticas del kayakismo argentino. La cita es en diciembre de cada año.
El recorrido es tan extenso como desafiante: aproximadamente 100 kilómetros, uniendo Dolores con San Clemente del Tuyú, atravesando los distritos de Tordillo y General Lavalle, hasta abrirse paso hacia uno de los escenarios más imponentes y temidos del Río de la Plata: la Bahía de Samborombón.
Allí, la travesía alcanza su máxima expresión. La bahía no concede ventajas. El viento cambia sin aviso, las olas exigen técnica y concentración, y el barro —marca indeleble del lugar— pone a prueba cada desembarco. Navegar Samborombón es aceptar el desafío de un ambiente crudo, inmenso y auténtico, donde el kayakista debe leer el agua con humildad y decisión.
Pero no todo es dureza. La travesía también regala momentos únicos: horizontes infinitos, silencios profundos, fauna que acompaña la remada y paisajes de alto valor ambiental, muchos de ellos dentro de espacios naturales protegidos. Es en ese contraste —entre exigencia y belleza— donde el Encuentro encuentra su identidad más profunda.
Guiados por la experiencia y la visión de Alfredo Barragán, los participantes avanzan como un solo cuerpo. Cada palada suma esfuerzo, cada kilómetro construye confianza, y cada jornada refuerza la certeza de que este desafío no se supera en soledad. Se supera en equipo.
Completar esta travesía no significa solo llegar a destino. Significa haber atravesado uno de los tramos más complejos del litoral bonaerense, haber enfrentado al Río de la Plata en su forma más honesta y haber sido parte de una historia que se renueva con cada edición.
El trazado de la travesía
El trazado de la travesía
Desde Dolores, la travesía comienza internándose por canales que parecen calmos, pero que ya exigen atención, lectura del agua y trabajo en equipo. El primer día, a través del Canal 9, el grupo deja atrás la ciudad y entra en el ritmo de la remada larga, donde cada palada empieza a pesar y cada decisión se toma en conjunto.
El segundo día es el punto de quiebre. Allí se produce el ingreso a la Bahía de Samborombón, uno de los tramos más exigentes del Río de la Plata. El paisaje se abre, el viento gana protagonismo y el agua deja en claro que no concede ventajas. Olas, corrientes y extensiones de barro ponen a prueba la técnica, la resistencia y, sobre todo, la cabeza fría. Es el día donde la travesía se define.
El tercer día llega con el cuerpo cansado y el espíritu firme. La costa empieza a sentirse cercana y la navegación avanza hacia San Clemente del Tuyú, con la certeza de que lo más duro ya fue enfrentado. La llegada no es solo un final: es la confirmación de haber cruzado un territorio que exige respeto y entrega total.
Más allá, Punta Rasa espera como símbolo. Allí donde el río se encuentra con el mar, la travesía se completa y el mapa se transforma definitivamente en historia.
Legado que se transmite remada a remada
Si hay algo que distingue y da sentido profundo a esta travesía es la figura misma del Capitán Alfredo Barragán, una auténtica leyenda de la náutica argentina. Su liderazgo no se impone: se transmite. Está en la experiencia compartida, en la lectura del agua, en la calma ante la dificultad y en la certeza de que ninguna travesía se completa en soledad.
Junto a él, el espíritu del Centro de Actividades Náuticas de Dolores (CADEI) se manifiesta desde el primer momento. La llegada al club, el agasajo de bienvenida, la atención permanente durante cada etapa y el acompañamiento constante construyen algo que va más allá de la organización: construyen comunidad. Cada gesto, cada cuidado y cada palabra refuerzan la idea de que todos forman parte de un mismo equipo.
La travesía culmina con la ceremonia de cierre y la entrega de medallas, pero no es un final. Es un reconocimiento al esfuerzo compartido, al compañerismo y a la entrega. Las medallas no celebran solo los cien kilómetros recorridos: celebran haber enfrentado uno de los escenarios más exigentes del Río de la Plata con respeto, solidaridad y compromiso.
Así, el Encuentro no termina cuando los kayaks salen del agua. Continúa en la memoria, en los relatos y en el deseo de volver. Porque quienes participan no solo completan una travesía: heredan un legado.
Y ese legado —forjado por Alfredo Barragán y sostenido por el CADEI— sigue navegando, edición tras edición, remada a remada.